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Foto Manuel Saldarriaga
Además de juventud, en el rojo prevalece el compañerismo, la condición técnica y el temperamento de unidades como Montoya,
Chacón y Muñoz, entre otros. Es la nueva sangre del fútbol.
A flor de piel la
guapeza de Muñoz
Venido del Valle del Cauca, Róbinson Muñoz, quien el miércoles
pasado fue el hombre que le abrió al DIM la senda del triunfo sobre el Pasto, asegura que la "guapeza" la heredó de su papá Hernán. Y aunque la gente lo ve calmado fuera de la cancha, cuando entra a ella se transforma "y más si estoy jugando partidos trascendentales como los de ahora. Hay que hacerle sentir a los delanteros rivales que no van a pasar fácil".

En la Escuela Sarmiento le pulieron los conceptos técnicos y a eso le sumó entrega y lucha, que lo tienen hoy a un escalón de celebrar el título colombiano, luego de su paso por el Cortuluá, donde tuvo en Reinaldo Rueda a su gran maestro.

"En estas finales hay que salir a darlo todo por el equipo, y meter", comenta este muchacho de 23 años que desea que el DIM haga la opción de compra de su pase.

DIM y su fuerza callada

Los jugadores rojos se han hecho a pulso y en los sectores populares.
Choronta Restrepo es el capitán entre los líderes del equipo.
Jaramillo y Muñoz, aportes fundamentales en el cuadrangular.
Son Hombres que combinan condiciones técnicas con temperamento.


Wilson Díaz Sánchez
Wilsondi@elcolombiano.com.co
Medellín

El DIM dejó de ser el equipo en el que sobresalían uno o dos jugadores y se convirtió en un colectivo en el cual los titulares y suplentes aprendieron liderazgo y ahora son respetados y apreciados por el aporte que realizan.

El técnico Víctor Luna quiere cambiar la vieja idea de que el capitán es el que permanentemente le reclama al árbitro o el que más fuerte le pega al contrario. Su experiencia en el fútbol le enseñó que el líder debe ser el jugador que sabe con el balón, que resuelve con facilidad y tiene credibilidad dentro del grupo. Y recuerda con ironía sus épocas de futbolista activo cuando González Aquino, Eduardo Retat y Dulio Miranda, para sólo mencionar algunos, eran elogiados por sus entrenadores por la fuerza desmedida que imponían frente a los rivales. Parroquialmente se dice que la patada más bajita la ponían en la nuca de los adversarios. Luna, a pesar de ser defensor y volante de contención, luchó hasta demostrarle al médico Gabriel Ochoa Uribe que había otras formas de sobresalir. Los jugadores escarlatas de hoy poseen buena técnica y eso les da reconocimiento. Hay unos que hablan más que otros, pero en general es un conjunto parejo.

Con el brazalete
La capitanía, con el llegada de Luna, la asumió John Javier Restrepo,
integrante de la Selección de Colombia y uno de los mayores del
equipo (25 años). Pero "ese honor", como lo llaman los deportistas,
también lo han tenido Andrés Orozco, Roberto Carlos Cortés, Édgar
Carvajal, Mauricio Molina y Alexánder Jaramillo, y están en capacidad
de asumirlo cualquiera de los restantes.

Ellos hacen la fuerza callada del rojo que generalmente cumplen funciones defensivas, pero que en el momento de aportar en la creación no tienen inconvenientes. El caso más sobresaliente es el Choronta Restrepo, apreciado por sus compañeros. Creció en los calles empinadas del barrio Córdoba (Robledo) y su lucha diaria por surgir en el fútbol le dio un carácter fuerte. En la cancha es guapo y duro, pero nunca malintencionado.

A su lado, aunque mañana no podrá jugar por acumulación de tarjetas amarillas, aparece Alexánder Jaramillo, el popular Conejo, quien asegura que la "vida no ha sido fácil". Vivió en los barrios Santo Domingo, Manrique, Castilla y ahora en la Milagrosa, sectores con muchas dificultades por falta de oportunidades para la juventud. Él se considera un privilegiado. A sus 23 años, con aportes económicos para la familia, siempre es tenido en cuenta en las decisiones de su hogar y asume este rol con "mucha responsabilidad".

"El temperamento fuerte nace con uno. Siempre tuve liderazgo, pues era el capitán en los equipos de las divisiones menores", dice.

Amaranto Perea, tras su llegada a Medellín procedente de la región de Urabá, debió "madurar biche". Con su lucha y guiado por la que hoy es su esposa, pasó de vendedor de paletas y de vivir en una pieza en el sector de Moravia, a ser el zaguero más cotizado del torneo colombiano.

Su compañero Andrés Orozco, criado en Campo Valdés, huérfano de padre desde hace 13 años, es el "hombre de la casa", como dice su mamá. Este ex campeón del Torneo de Toulón y de la Copa América, lleva las riendas de la familia y quienes lo conocen lo señalan como un excelente hijo.

A Mauricio Molina, de pequeño, le tocó asumir la responsabilidad con su hermano menor, mientras su mamá trabajaba. Lo llevaba y recogía en la guardería y estaba pendiente de la alimentación.

Tressor Moreno, nacido en Riosucio, Chocó, región olvidada por el Estado, encontró en el fútbol y en sus padres el soporte para salir adelante. Este es el DIM de hoy, conformado por hombres luchadores en proceso de consolidación y que buscan pasar a la historia del club como los gestores de la hazaña de alcanzar la tercera estrella, tras 45 años sin luz.

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