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De lo que se dice de Ruanda sólo es cierto su tragedia

Por:
Ryszard Kapuscinski


De todo cuanto oyen y leen los europeos sobre Ruanda, lo único que es rigurosamente cierto es la tragedia de su población. El resto está contaminado por una ignorancia casi total.

Para enderezar los entuertos hay que empezar por decir que el conflicto que azota al corazón geográfico de Africa no es étnico, racial ni tribal. Quienes definen a los hutus y tutsis como dos tribus, dos etnias enfrentadas, no saben lo que dicen. Los tutsis, que llegaron a Ruanda y a Burundi hace cientos de años, seguramente de algún lugar de la península Arábiga o de Etiopía, son, utilizando la terminología conocida en España, la «casta de hidalgos», los aristócratas, mientras que los hutus forman la casta de los pobres, de los campesinos.

Los tutsis eran, de siempre, los propietarios de grandes rebaños, mientras que los hutus eran labradores.


Gráfico tomado de la revista Diners.

Se trata, pues, de una estructura social más similar a la de la India que a la que enfrenta a distintas etnias en diferentes partes del mundo; por ejemplo, en la ex Yugoslavia.

Los tutsis y los hutus, divididos en castas, convivieron, mal que bien, en Ruanda (y en Burundi) durante varios siglos, formando una sociedad bien organizada de tipo feudal. Los primeros síntomas de un conflicto enconado aparecieron en los años sesenta, cuando Africa, recién salida del colonialismo, conoció el comienzo de la gran explosión demográfica, que sigue siendo su talón de Aquiles.

La región de los Grandes Lagos es la parte de Africa más densamente poblada. Allí lo esencial es la tierra, y el conflicto entre los tutsis ganaderos y los hutus labradores es un conflicto por la tierra, porque de ella depende la subsistencia de la casta, y tanto más en una zona donde la superficie de la tierra de utilidad agrícola, dadas las condiciones climáticas que imperan en el trópico, con sus abundantes lluvias, se reduce incesantemente.

La explosión demográfica coincidió con la lucha de clases por la tierra y con la crisis, muy dramática, de las estructuras de los Estados africanos que nacieron de la lucha por la liberación nacional y la independencia del colonialismo. Hemos sido testigos del desmoronamiento de Estados como Somalia, Liberia y Chad; de la guerra civil que destruye sistemáticamente Angola y de la que, a lo largo de 30 años, ya ha dividido en dos partes a Sudán.

Esa crisis de las estructuras del Estado se manifestó también en el Africa de los Grandes Lagos, es decir, Ruanda, Burundi y la parte oriental de Zaire. Esa región de Africa, muy alejada de los centros civilizadores y del mar, «descubierta» para Europa apenas en el año 1899, sufre un subdesarrollo singular. Las sociedades que la habitan han conservado hasta hoy sus anacrónicas estructuras porque no tuvieron posibilidad alguna de evolucionar hacia la modernidad.


Centenares de refugiados se desplazan por terreno
ruandés, en lo que se considera, por muchos,
el holocausto del Siglo XX.
Foto Revista Diners.

Los colonialistas ­primero los alemanes y luego los belgas­ siempre aprovecharon las divergencias existentes en Ruanda entre los tutsis y los hutus para gobernar con más facilidad. Incluso, cuando concedieron la independencia al país, siguieron tratando de ser los árbitros supremos y perpetuar así su dominación.

En 1985 los tutsis que se encontraban en Uganda se unieron a la oposición armada local y conquistaron el poder para el actual presidente Yoveri Museveni. Los tutsis ruandeses que combatieron en Uganda, forjados como experimentados militares en muchas batallas, llegaron a la conclusión de que había llegado el
momento de iniciar la reconquista

del poder, se llenaron de coraje y decidieron invadir Ruanda para conseguir al fin el tan añorado retorno a su país. La invasión de los tutsis exiliados en Uganda comenzó en 1990.

Su gran sueño era retornar a sus tierras. Fue así como declararon la guerra a un cacique terriblemente sanguinario, el entonces presidente de Ruanda, Juvenal Habyarimana, de la casta hutu. Nada lo hubiese salvado de no haber sido por la ayuda que le prestó el Gobierno de Francia.

Es verdad que la intervención armada francesa a favor del régimen militar de Habyarimana no consiguió derrotar a los tutsis, pero sí logró contener su avance, y Ruanda quedó, en la práctica, partida en dos, una controlada por el Frente de Liberación de Ruanda, integrado por los refugiados y exiliados tutsis que, deseando volver a su país, habían entrado desde Uganda, y la otra controlada por el régimen de hutu Habyarimana.

A partir de entonces, los hutus, apoyados por los franceses que incluso adiestraron a escuadrones de la muerte, se prepararon para acabar de una vez por todas con los tutsis. El régimen hutu elaboró listas muy detalladas con los nombres y domicilios de las víctimas tutsis y esperaba con impaciencia el momento más oportuno para entrar en acción.

A principios de abril de 1994 fue abatido el avión en el que viajaba el presidente ruandés Habyarimana, y aquel suceso fue la tan esperaba señal para comenzar la indiscriminada matanza. Comenzó entonces un exterminio sistemático de los tutsis que duró tres meses enteros y que segó la vida, según se calcula, de varios cientos de miles de personas en lo que ha sido calificada por muchos como una de las mayores hecatombes de la segunda mitad del siglo XX.

Como se podía esperar, los tutsis no se quedaron con los brazos cruzados.


Un hombre tutsi y sus pequeños esperan en Burundi para ser trasladados a un campamento de Naciones Unidas. Foto Revista Time


Las unidades armadas de los tutsis, que ya controlaban parte de Ruanda, iniciaron la ofensiva contra los hutus, los desalojaron de Kigali y conquistaron el poder. Conozco personalmente a Paul Kagame,viceprimer ministro del nuevo Gobierno tutsi ruandés y ministro de Defensa, y puedo asegurar que es un hombre bien preparado, joven y muy dinámico que puede jactarse de ser «el hombre fuerte» de las fuerzas que derrocaron al sanguinario régimen hutu.

Pero la conquista del poder no significó ­porque no podía significar­ el fin de los horrores en Ruanda. Los hutus vencidos se retiraron a Zaire. Lo hicieron cientos de miles de civiles, pero con ellos lo hizo también el Ejército hutu, derrotado pero no liquidado. Ese Ejército, hay que decirlo, se instaló en los campos de refugiados y vivió de la ayuda humanitaria internacional.

Todos nosotros, los ciudadanos de los países que pertenecen a la ONU, los hemos estado alimentando y manteniendo con nuestro dinero durante los últimos años. No sólo ni Zaire ni las organizaciones internacionales lo desarmaron, sino que contó con el apoyo de los caciques del antiguo Congo Belga, con los amos de sus provincias orientales. Zaire es hoy otro Estado africano que se desintegra en el que son los caciques locales quienes mandan y sus intereses los que priman.

Esos caciques, que podríamos definir como «los señores de la guerra» en la zona, amos de los diamantes y del narcotráfico, pensaron que, con ayuda del ejército hutu, podrían desalojar a los tutsi del poder en Ruanda e incluso en Burundi, y ampliar así sus dominios sometiendo a dos Estados aún independientes a un nuevo yugo colonial. Y esas aspiraciones fueron precisamente la causa de la guerra que se libra actualmente en la región.

Los caciques zaireños decidieron asestar el primer golpe a los tutsi que vivían desde hacía decenios en el Zaire oriental, y trataron de expulsar de sus dominios a decenas de miles de personas que no tenían a donde ir, porque habían abandonado Ruanda hacía muchos años. Los refugiados tutsi, en una reacción desesperada de autodefensa, empuñaron las armas y comenzó la guerra que ahora ensangrienta la región de los Grandes Lagos.


Un grupo de niños desplazados de ruanda,
espera la ayuda humanitaria en un centro
cercano a Goma.
Foto Revista Newsweek

En el escenario de esa guerra tenemos a un Zaire que se descompone y en el que priman los intereses de los caciques locales, un Ejército hutu bien armado y adiestrado, también por los franceses, y deseoso de recuperar el poder para su casta, los refugiados tutsis de Zaire, que defienden su supervivencia, y los Ejércitos tutsi de Ruanda y Burundi que no están dispuestos a entregar sus países.

Un rasgo singular de la región es que todos esos protagonistas están muy bien armados, porque la oferta de armas ligeras es, en Africa, inmejorable. Hay armas de fabricación belga, francesa, árabe y, sobre todo, norteamericana. El único problema es tener dinero para comprarlas. Pero curiosamente, en Africa el dinero para armas nunca falta, incluso en los países más hambrientos.

Hoy tenemos en la región de los Grandes Lagos el conflicto político que se deriva de la desintegración de Zaire y de las aspiraciones de los caciques de sus provincias orientales a conseguir el dominio en Ruanda y Burundi con ayuda del Ejército hutu. Primero quieren invadir Ruanda y ocuparla, y luego Burundi, para ampliar así sus dominios. Se enfrentan a esas aspiraciones Ruanda y Burundi, que, valiéndose de las huestes armadas de refugiados tutsi que viven en el antiguo Congo Belga, tratan de acelerar la desintegración de Zaire y ampliar así su zona de influencia.

La tarea de los tutsi parece facilitada por el hecho de que Zaire es un país sin vías de comunicación, donde en la capital nadie sabe lo que ocurre en las provincias orientales. Desde el punto de vista humanitario, el conflicto de Ruanda es trágico a más no poder, porque mueren sin remedio miles de personas. Los fugitivos que no mueren ametrallados perecen, tarde o temprano, de hambre o por culpa de las muchas enfermedades que los atacan. Y no podemos olvidar que, aunque la guerra es un problema de los Ejércitos enfrentados, la víctima principal es la población civil.

Dicen las estadísticas que en la Primera Guerra Mundial sólo el 5% de las víctimas se produjo entre la población civil, mientras que en los conflictos africanos el 80% de las víctimas son civiles y, sobre todo, mujeres y niños.

En el aspecto internacional no parece que el conflicto de la región de los Grandes Lagos pueda ser un peligro real para la paz en el continente africano. Por el contrario, todo indica que será un conflicto muy largo, un conflicto que se apagará de vez en cuando para brotar nuevamente con intensidad, pero limitado sólo al área afectada ahora por la contienda.

Eso sí, no parece haber posibilidad alguna para poner fin al conflicto, aunque sí podrán producirse intentos para suavizarlos con compromisos, más o menos duraderos pero no definitivos. Y esa realidad parece ser aceptada por todos los protagonistas internacionales. Los Gobiernos de Africa carecen de dinero para poner en marcha una intervención eficaz, y tampoco dan señales de que les importe demasiado el problema. La ONU tampoco quiere empeñarse en el asunto, porque en general no hay países en el mundo dispuestos a enviar a sus hombres a morir fuera de sus fronteras. Por último, hay que subrayar que el mundo rico no se interesa por el mundo pobre.

El mundo rico tiene sus propias preocupaciones, como pueden ser el mantenimiento del alto nivel de consumo o la lucha contra el paro o el narcotráfico. De ahí que, en lo que concierne a la tragedia de la región de los Grandes Lagos, podamos esperar solamente soluciones parciales que en ningún caso resolverán el actual conflicto.

(*) Ryszard Kapuscinski es periodista, autor, entre otros libros, de El emperador y La guerra del fútbol.


  
 



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