| La
comunidad internacional mira con estupor la actitud de EU
La comunidad internacional contempla con una mezcla de estupor
y temor la actitud abiertamente belicosa de EU, que tras el 11 de
septiembre parece decidido a librar, en solitario o acompañado,
su particular "cruzada contra el terrorismo."
Si cuando el 11 de septiembre de 2001, la casi totalidad de países
expresaron su solidaridad y brindaron su apoyo a Estados Unidos
tras los brutales atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono,
un año después muchos de aquellos buenos propósitos
se han tornado en recelo e inquietud por lo que en muchas cancillerías
se considera un afán belicista de Washington sin mucho criterio.
A ello habría que añadir la poca o ninguna relevancia
que están teniendo instituciones teóricamente claves
en el ámbito de las relaciones internacionales, como la ONU,
la OTAN o la Unión Europea (UE), que, o bien parecen haber
aceptado sin reservas un papel secundario, o bien se han dejado
llevar por el vendaval de "cruzada" que sopla desde Washington.
En concreto, el 29 de septiembre de 2001, la ONU, a instancias
de Estados Unidos, aprobó de forma unánime una resolución
para combatir el terrorismo.
Sin embargo, en lo tocante al aspecto puramente militar de la lucha
antiterrorista, Estados Unidos no ha contado con la ONU ni en su
campaña contra el régimen afgano de los talibanes,
ni en el caso de una hipotética intervención militar
contra Irak, ahora en el punto de mira de la Administración
norteamericana.
La situación es aún más paradójica
en el supuesto iraquí, pues un teórico "casus
belli" podría ser la negativa de Bagdad a aceptar de
nuevo la presencia de los inspectores de desarme de la ONU, expulsados
en 1998, y que están encargados de supervisar que Irak no
posee armas de destrucción masiva.
El papel de la OTAN en esta ofensiva antiterrorista ha sido también
de escasa relevancia, pese a la reacción inicial de los aliados,
que por primera vez en la historia de la organización, invocaron
el artículo V del Tratado del Atlántico Norte, que
establece la obligatoriedad de la defensa mutua caso de que cualquier
miembro sufra una agresión exterior en su territorio.
Sin embargo, en la práctica, esa cláusula de defensa
mutua, que aún sigue activada, quedó reducida a un
gesto de apoyo político incondicional a Estados Unidos, dado
que este país emprendió la campaña de Afganistán
al margen de la propia OTAN.
Con su actitud, Estados Unidos precipitó una crisis de identidad
en el seno de la Alianza, que en el último año ha
acometido una gran esfuerzo por flexibilizar y agilizar sus estructuras,
tal vez demasiado anquilosadas en las costumbres de la "Guerra
Fría", mientras que ahora las amenazas son otras y,
no por difusas, menos graves.
Con todo, y al igual que sucede en la Unión Europea, los
planteamientos entre los diversos socios de la Alianza no son convergentes
en lo tocante a secundar cualquier acción de Estados Unidos
contra el terrorismo y está por ver en qué lugar quedaría
la OTAN si finalmente Washington decidiera unilateralmente emprender
una acción militar contra Irak.
En principio, tan solo el Reino Unido -y ello con reservas- parece
dispuesto a secundar a Washington en esa campaña contra el
régimen del presidente iraquí, Sadam Husein, una acción
que aliados tan sólidos como Francia o Alemania han criticado
sin reservas, y que incluso el canciller alemán, Gerhard
Schroeder, ha calificado de "aventura".
El estupor de Occidente ante los planes de Estados Unidos se torna
en abierta indignación en el mundo árabe e islámico,
que acusa a los sectores más conservadores de la Administración
norteamericana de aprovechar los atentados del 11-S y la consternación
que generaron para promover una "guerra de civilizaciones"
entre la cultura judeocristiana y la musulmana.
Muchos comentaristas árabes consideran que Estados Unidos
se ha valido de su operación militar contra Afganistán
para imponer un control total sobre la estratégica región
del centro y sur de Asia. Un eventual ataque contra Irak -señalan
esos comentaristas- le serviría a Estados Unidos para extender
su control a Oriente Medio y el golfo Pérsico, una zona donde
se atesoran las mayores reservas de hidrocarburos del mundo.
Pese al evidente rechazo de la totalidad de los estados árabes
y musulmanes de la zona, desde los más moderados y leales,
como Arabia Saudí o las monarquías petroleras del
Golfo, hasta los evidentemente hostiles, como Irán, es dudoso
que caso de que Washington atacara Irak los gobiernos de la zona
reaccionaran con algo más que meras condenas verbales.
Otra cosa sería la reacción popular, en una zona
donde mucha gente ve con malos ojos la presencia norteamericana
en Arabia Saudí, en los "Santos Lugares" del Islam,
lo que podría desencadenar una situación de tensión
e inestabilidad de consecuencias muy difíciles de prever.
Entretanto, el presidente norteamericano, George W. Bush, sigue
adelante con su obsesión militar contra Sadam y ya ha manifestado
que no precisa de la autorización del Congreso para ordenar
el ataque, pues considera que sigue siendo válido el permiso
que se le dio en 1991 a su padre, George Bush, para emprender ese
tipo de acciones y que propició la Guerra del Golfo.
EL COLOMBIANO | EFE
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