EL COLOMBIANO
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Nápoles, solo ruinas

Criando gallinas, desplazados tratan de revivir un imperio.
El gobierno administró un tesoro y lo convirtió en cenizas.


El imperio que llegó a tener el narcotráfico, en particular el del Cartel de Medellín, hoy es más que un capítulo de la historia de Colombia: es la muestra de la decadencia de un poder que sembró de terror y de otros asombros al país.

Al amparo de la Conmoción Interior, el Gobierno expidió el decreto 1975 mediante el cual se pueden extinguir propiedades que fueron medio o instrumento para el ejercicio de actividades ilícitas. Reduce de dos años a cuatro meses la duración del proceso de extinción de bienes. Los edificios Mónaco y Dallas, en Medellín, fueron los primeros en ser incautados.

Estos, como la Hacienda Nápoles, vestigios de un antiguo esplendor de los capos, también eran el símbolo de sus extravagancias y poderío. EL COLOMBIANO inicia hoy una serie con crónicas y reportajes sobre el extinguido dominio del Cartel de Medellín.

Por
José Guillermo Palacio
Editor Nación Hoy y Hechos Políticos
Nápoles

En 1982 las revistas especializadas en el tema del dinero presentaron a Pablo Escobar Gaviria, un muchacho de 32 años, como uno de los dueños de una de las diez más grandes fortunas del mundo. Don Pablo, como le decían todos los que por alguna circunstancia estuvieron a su lado y compartieron sus gustos, aunque luego lo negaron antes de que el gallo cantara tres veces, comentaban que además del don que acompañaba su nombre, Pablo tenía otro don especial que convertía en realidad todo lo que soñaba.

Napoles / Fotos Manuel Saldarriaga

Y Pablo, en la época en que nadie lo perseguía, gozaba del total acompañamiento en su buena fortuna por parte de numerosos representantes del Estado, la política, la prensa y muchos de los ilustres ciudadanos que aparecían retratados en las revistas y los periódicos. Como buen campesino antioqueño, soñó con un zoológico que superara a los demás zoológicos de la tierra, una suerte de jardín del Edén en el que ninguna fiera se comiera a otra especie, porque todas iban a tener la ración que necesitaran sin necesidad de buscar en las carnes de los otros su alimento.

Y el zoológico fue. Se llamó Nápoles y creció en la tierra prometida del Magdalena Medio antioqueño, uno de los lugares más privilegiados de la geografía nacional por su cielo que a todas horas, cargado de intensas nubes blancas invita a soñar; por el canto mañanero y ensordecedor de las aves que lo habitan; por sus bosques ancestrales, sus fuentes cristalinas que se mueven por lechos de mármol, sus minerales y sus bondades para la ganadería.

Como en todos los negocios de su vida, don Pablo compró lo que no se podía vender. Los dueños de Nápoles, dicen las crónicas, se resistieron a salir una y otra vez de lo que calificaban como el paraíso. Cada vez que abrieron la boca para decir no, don Pablo ofreció más hasta llegar a un punto en el que los propietarios no se atrevieron a recibir más.

Transformando el mundo
Con la tierra en sus manos, don Pablo decidió amasarla a su imagen y semejanza. Contrató 750 trabajadores entre obreros, ingenieros, arquitectos, veterinarios y zootecnistas. Estos, armados con más de cien volquetas, bulldozers y retroexcavadoras, movieron todo lo que él quiso que se moviera. Talaron árboles y plantaron otros, cambiaron el curso de los vientos y las aguas, crearon lagos que surcaban buena parte del territorio, desmontaron montañas y elevaron valles hasta dar forma al tipo de zoológico que soñaba don Pablo.

Nápoles alcanzó tal majestuosidad que nadie que cruce por el lugar puede hacerlo de manera indiferente. Su principal símbolo fue una avioneta sobre la portada de la hacienda. Dice la historia que en esa aeronave don Pablo envió su primer kilo de coca a Estados Unidos. "Llevo diez años pasando por aquí y siempre pienso en Pablo Escobar", comenta Horacio López, un conductor de tractomula, que en velocidad récord se tragó un plato típico en Doradal, antes de continuar su marcha a Medellín.

Todo bajó del cielo
El mundo tiene cinco continentes y cada uno de ellos animales maravillosos, don Pablo, su familia y sus amigos señalaban con el dedo los animales que aparecían en los programas de Discovery, las enciclopedias, los libros de historia natural y en cosa de días o meses, los animales aparecían en Nápoles. Pero no solo los buscaron en la tierra, pusieron tanta comida en todas partes, que las aves que iban por el cielo bajaban y se quedaban en el zoológico de don Pablo.

Soñó con las jirafas africanas y no se sabe cómo, pero alguien las vendió, otro dio los permisos y otro más atrevido, no se sabe cómo, las metió en un avión y las puso en los verdes pastizales de Nápoles.

El Congo, Etiopía, el desierto del Sahara, las sabanas africanas y las selvas asiáticas aportaron leones, elefantes, rinocerontes, hipopótamos, tigres, antílopes, dromedarios, ñandúes, y aves de todos los plumajes y cantos. Irlanda participó con sus vacas pelirrojas, Australia con los canguros y Estados Unidos con sus bisontes. De las islas Galápago arribaron tortugas centenarias de más de cien kilos.

Las aves del paraíso, los flamencos rosados, los pavos blancos, las cigüeñas tricolor, los casuarios australianos y las garzas de cuello rojo entraron una a una, como en la historia del Arca que sobrevivió al diluvio, hasta alcanzar una colección de 1900 animales de todas las especies y regiones posibles.

Don Pablo siguió soñando. Unido a su mundo de animales e inspirado en los remotos momentos de la vida sobre la tierra creó un parque jurásico con dinosaurios más monumentales que los dinosaurios de verdad. Los artistas que dieron forma a la obra, quizás fueron más allá de lo que don Pablo les pidió y al lado de un Patagosaurus, crearon dos enormes huevos, en los que cabe un hombre parado, para dejar testimonio sobre la forma como se reproducían estos animales.

Típico del ambiente de acción con el que impuso su equilibrio y su justicia don Pablo, los artistas también enfrentaron en una pelea a muerte a un Hypsilophodon, de 30 metros de largo y 9 de alto, con un Centrosaurus, de veinte metros de largo por ocho de alto, pero provisto de un cuerno y una armadura que lo hacían invencible. Esta pelea eterna sobre el pasto de Nápoles solo tiene comparación con la que libra el gobierno tratando de expropiar la hacienda.

El otro zoológico
Más allá del zoológico y sus animales, Pablo imaginó la construcción de una serie de fincas de recreo en las que tampoco faltara ninguno de los representantes de la sociedad colombiana y lo logró. Al entrar al lugar encontró lo que señaló con el nombre de Nápoles Viejo, una casona estilo paisa, rodeada por corredores y al frente lo que más le gusta al paisa bonachón, los corrales para encerrar el ganado y acariciar a los caballos y las mulas.

El hombre la reformó, llenó sus diez piezas de camarotes, le instaló un baño romano y luego siguió de largo. En cada una de las pequeñas colinas levantó las casas de sus sueños, todas con diez y más habitaciones, piscinas de dos y tres niveles, lagos, techos de tejas rojas y columnas al mejor estilo oriental.

La entrada de la casa principal o "la mayoría", como siempre se le conoció, la decoró con doce jaulas, seis a lado y lado, de dos metros de ancho por tres de alto cada una y rodeadas de jardines. Era su zoológico privado al que solo tenían acceso sus hombres de confianza, destacados políticos y deportistas; empresarios, periodistas y visitantes extranjeros.

La mayoría contaba con piscina, discoteca, 24 habitaciones distribuidas en dos plantas, corredores exteriores, además de todo lo que podía hacerse con millones de dólares.

Contiguo a la mayoría aparecía otra enorme casona, la de los trabajadores, con 40 habitaciones, una cocina para doce cocineras, fogones de gas y carbón de seis puestos cada uno, lavadero de carros y varios talleres, de más de sesenta metros por zona para los más variados oficios, todos al servicio del complejo turístico.

Muy cerca estaba un circo romano o plaza de toros y una pista de aviación. Más allá un parqueadero colmado con autos de colección, deslizadores acuáticos, ultralivianos y todo aquello que ventilara la felicidad de los huéspedes de la gran casa.

En los cerros vecinos de Nápoles, don Pablo antes de que entrara en desgracia, construía otras seis viviendas en el mismo estilo de la mayoría. Aventajaban a ésta en el paisaje y la altura de las habitaciones, que por la forma como fueron dispuestas para que recibieran las corrientes de aire, en su interior siempre se sentía una temperatura que no pasaba de los 15 grados, mientras que en el exterior el infernal calor de la región no bajaba de los 40 en las horas de más calor.

El agua para los lagos, las viviendas, los animales, las lanchas, los hidroplanos, los cultivos de peces y el asombro de los visitantes, la tomó desde un sitio conocido como fuente azul, a más de diez kilómetros de la hacienda.

A los pocos meses, el sueño de un Nápoles lacustre en una región donde todos los vecinos se morían de sed estaba realizado. Doce millones de personas hicieron fila para visitar el zoológico. En el jardín zoológico vieron los siervos pastando al lado de las fieras, las aves del cielo muy cerca de los caimanes y a los hipopótamos sumergiendo sus cuerpos en las lagunas para tratar de mermar peso a su peso.

En el resto de Nápoles la rumba no paraba. Todo lo celebraban, el triunfo en una carrera de autos o caballos, los envíos de coca coronados, la buena amistad con Montesinos o Noriega, el enemigo que salió del medio y para siempre y las bondades recibidas gracias a la buena mano del Niño Jesús de Atocha.

Ocaso
Tanta felicidad tenía amarrada su desgracia y hubo un último amanecer para don Pablo en Nápoles y su mirada perdida esperando la dispersión del aire azul de la neblina para divisar desde su refugio las primeras lomas de la Cordillera Central al final de Boyacá. Dispuesto a despejar de todos los caminos a quienes enfrentaran su poder aplicó su dignidad luctuosa sin contemplaciones.

Los crímenes de Rodrigo Lara Bonilla, Luis Carlos Galán, así como la guerra terrorista que emprendió contra otros carteles lo llevaron al ocaso. Nápoles fue allanado una y otra vez por el pie de fuerza nacional. La tropa lo buscó por todos lados y no lo encontró por lado alguno. Con picas rompieron las paredes de los lujosos cuartos donde una vez estuvo, quebraron las cerámicas para buscarlo en el piso de cemento, rompieron la tierra, vaciaron las piscinas, volvieron pedazos la discoteca, destrozaron los techos, metieron varillas en todo lo que sonaba hueco.

Aún después de muerto, lo siguieron buscando y en la búsqueda convirtieron a Nápoles en una suerte de cementerio prehistórico, donde lo único que cobra vida es el movimiento del viento y el canto de los insectos. Nada se escapó, ni siquiera un avestruz disecado que era uno de los exóticos lujos de don Pablo. Detrás de él o de algún huevo de oro, sus enemigos "destriparon" al animal. Encontraron viruta y un esqueleto de hierro. Parte de los restos del animal sobreviven como testimonio del olvido.

En medio de la guerra, una mano misteriosa seguía enviando el dinero para alimentar a los animales. Eran tantos que el gobierno no sabía qué hacer con ellos. En una decisión salomónica, en 1991, decidieron entregárselos al Inderena, pero el gerente del instituto argumentó que ni invirtiendo todo el presupuesto de la institución alcanzaba la plata para mantener el zoológico.

De los animales del zoológico, los vecinos que los conocieron comentan que a muchos los enviaron al zoológico de Pereira, otros desaparecieron por sus propios medios o de la mano quienes tuvieron acceso a la hacienda, que aunque estuvo cinco años en poder del Estado, parecía sin control alguno. Las aves que bajaron del cielo volvieron a remontarse a las alturas al desaparecer el que las alimentaba.

De las 1.900 especies, sobreviven diez hipopótamos, que no hallaron el camino de regreso al África ardiente. "Es lo único que queda. Eran siete y ya son diez los hipopótamos. No sé si esos animales se comen pero tienen mucha carne", dice un campesino que detuvo su marcha para verlos nadar en una laguna.

Desplazados
El 15 de abril de 1998, luego de que fuera saqueado cada centímetro de Nápoles, un presidente de la República, Ernesto Samper Pizano, decidió entregar el lugar a quince familias desplazadas por la violencia guerrillera. "El presidente Samper nos dijo, aquí quedan ustedes al frente de estas tierras y este ganadito. Si el gobierno gana el pleito, esto es para ustedes. Si gana la viuda, entonces el gobierno los acomoda en otra parte", comentó Elpidio Copete, uno de los desplazados.

La Red de Solidaridad les ha brindado un apoyo importante en la cría de gallinas. De eso sobreviven los desplazados. Ganan $30.000 mensuales, con eso limpian potreros y tratan de vencer el rastrojo que día tras día invade el imperio que construyó don Pablo. Dicen los desplazados que el presidente Andrés Pastrana recibió una carta para que los ayudara a rescatar la finca, pero respondió que no tenía tiempo para visitarlos. Ahora esperan la visita de Álvaro Uribe Vélez.

Todo en Nápoles es ocaso. Todo se pudre o se desploma, los coches de colección, los aeroplanos, la casa de don Pablo. El gobierno recibió un tesoro y ahora tendrá que administrar cenizas. Como diría cualquiera de sus tíos antioqueños: "En este mundo nadie sabe para quién "trabaja" Pablo".

Implicaciones
Los líos jurídicos siguen sin resolver

Aunque la Hacienda Nápoles se encuentra intervenida por el Estado, hasta el momento ningún juzgado ha decreto sobre la misma extinción de dominio. Situación que podría definirse la próxima semana. En 1991, cuando no existía la figura de extinción de dominio, afirman abogadosde la familia de Pablo Escobar, éste entregó el predio a doce trabajadores como pago por sus servicios.

De acuerdo con los abogados, los trabajadores lo recibieron de buena fe. Precisan que Escobar hizo el negocio con los trabajadores durante el trámite de su sometimiento voluntario a la justicia. Los voceros de la familia propusieron que de no entregarle el predio a los trabajadores, el mismo sea utilizado como colonia penal.

 


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