El estreno de la película de Schroeder en
Medellín
Por fin se apareció la virgen
Se estrenó en Colombia La virgen de los sicarios, el controvertido
filme de Barbet Schroeder. La película ha tenido inquisidores,
apologistas, contradictores. Medellín aparece en esta ficción
con su cauda de belleza y fealdad.

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¿De
dónde tanto escándalo por La virgen de los sicarios? El
filme de Barbet Schroeder, basado en la novela del mismo nombre de Fernando
Vallejo y con guión de éste, es una narración cinematográfica
que se deja ver, por su concepción estética, bien lograda,
y porque, además, es un ficción que, sobre todo en Medellín,
acerca al espectador a la realidad: desde el arte.
Preestrenada ayer en la ciudad (hoy es el estreno nacional), la película
llegó precedida de un alboroto por fuera de lo cinematográfico.
Con llamados a su prohibición (y aquí todo lo que se prohibe
es lo que más atrae). Pero, a su vez, cargada de lauros en Venecia,
donde, además, dividió a los críticos. Algunos,
como el del diario La Republicca, expresaron que era nihilismo barato.
De malos libros se hacen, a veces, buenas cintas. Éste podría
ser el caso de La virgen de los sicarios, aunque, para otros, la novela
supera al filme. De opiniones contrarias está lleno el mundo.
El cuento es que La virgen, plena de humor negro, de irreverencias,
podría asustar a los más conservadores, quizá porque
en ella se califica la injusticia social como una infamia de Dios,
o porque se realiza una burla contra El Libertador, en la escena del
Parque de Bolívar.
El filme, que muestra a una Medellín de angustia, donde la muerte
acecha en cualquier esquina, dosifica, sin embargo, sus escenas de violencia.
No hay sensacionalismo. Y también las de homosexualismo. Narra
las contradicciones sociales, la pobreza de las comunas, el tiempo en
que la mafia celebraba sus éxitos en los envíos con luces
de bengala, la religiosidad popular. Y cuestiona a dos presidentes.
Para ciertos espectadores locales hay una suerte de descubrimiento de
la ciudad. Yo jamás he entrado a la iglesia de San Antonio,
dijo un periodista que ayer, a las once de la mañana, vio el
preestreno en Cine Centro. Para otros tal vez sea una revelación
lo de las balas rezadas y las devociones a San Judas Tadeo. En conjunto,
es un filme revelador. Ah, hasta el Gordo Aníbal, el ya legendario
dueño del Patio de Tango, que cree que Gardel hace milagros,
tiene velas en la versión cinematográfica.
En Colombia el escándalo lo inició el periodista Germán
Santamaría, que, desde la revista Dinners, llamó a sabotear,
ojalá a prohibir, la exhibición pública
en el país. Después, en su columna de El Tiempo (octubre
25 de 2000), escrita desde España, Daniel Samper, expresó
que al cabo de los 97 minutos, los espectadores -colombianos incluidos-
no parecen indignados, escandalizados, horrorizados, ni asqueados. Salen
tranquilamente a tomar chocolate con churros. Cosas peores se ven a
diario en otras películas, en la televisión y, sobre todo,
en los noticieros y en la vida real.
Por su parte, Antonio Caballero, en la última edición
de Semana, señala que Colombia tiene muchas cosas buenas.
Una de ellas es el escritor Fernando Vallejo. Otra, su novela La virgen
de los sicarios. Pero también tiene muchas cosas malas. Los sicarios,
cómo no (y también su Virgen). Al responder a Santamaría,
agrega: ¿Y por qué quedan en la película,
o en la novela original, los antioqueños y los colombianos y
todos los demás como una manada de...? Pues porque
matan, porque mueren, etc: en las calles, en las iglesias, en el metro
de Medellín (...) ¿Y el Papa, por qué queda mal?
Pues por ser Papa, claro.
La virgen de los sicarios, que da para reír en muchas escenas,
o para mover al dolor, también obliga a una reflexión,
no sólo estética sino social y política. Que es,
precisamente, lo que una obra artística debe provocar. Sí.
Es una provocación, pero, a su vez, un retrato de una ciudad,
de país sitiados por los desamparos.
EL
COLOMBIANO/ Reinaldo Spitaletta
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