La
virgen de los sicarios, de Barbet Schroeder
La ciudad de los dolores
Es
difícil escribir sobre una película que ya había
generado polémica antes de su estreno, en la mayoría de
los casos suscitada por elementos externos a sus valores téngalos
o no- como filme. Lo que todos olvidaban al momento de hablar de La
virgen de los sicarios era hacer referencia a lo que esta realmente
es: una película. Es sólo cine, con un argumento que parte
de una obra de ficción, que puede estar cerca o no de la realidad,
sin que eso le quite o le añada autenticidad. Pero -por supuesto-
a pesar de querer ser objetivos no podemos olvidar que el director y
su guionista sitúan su película en un espacio que conocemos,
que recorremos a diario, que nos duele.

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cortesía |
Es
evidente que al público le gusta reconocerse en el cine. Hay
un curioso encanto derivado de ver en una pantalla de cine sitios y
espacios que nos son familiares, esos cuyo aliento nos acompaña
desde siempre y que ahora sirven de escenario a una historia hecha de
celuloide. La gente disfruta al oír sus propios modismos, gustos,
música y costumbres, pues es poder ser testigos inadvertidos
y maravillados del pulso de su ciudad, de su mundo cotidiano. Pero,
de igual forma, cualquier intento de engaño, exageración
o de falsificación de esa realidad nos violenta y nos repele,
de una manera mucho más visceral que cuando somos ajenos al ámbito
que nos han mostrado.
En La virgen de los sicarios, Fernando Vallejo (interpretado por Germán
Jaramillo) utiliza a Medellín como telón de fondo de sus
confesiones, obsesiones y desquites con la vida. Su actitud, que parece
ser la misma de la vida real, es inconforme e iconoclasta a cada momento:
todo le merece sospecha, nada de lo que alguien haga o diga parece ser
válido o valioso ante sus ojos. Regresa a su ciudad natal a morir,
según sus palabras, y lo vemos recorrer nostálgico,
pero lleno de amargura y dolor- las calles de su infancia. Pero la ciudad
de sus recuerdos ya no existe, ya la habitan la muerte y sus mensajeros.
Fernando encuentra a Alexis (Anderson Ballesteros) y después
a Wilmar (Juan David Restrepo), dos jóvenes fruto de la violencia
urbana, y con cada uno el escritor hace pareja para convertirse en una
suerte de Dante y Virgilio recorriendo, a su modo, los círculos
de un infierno moderno construido por el poder del narcotráfico
y el imperio de la intolerancia.

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No
podemos negar que Medellín es una ciudad violenta, donde robar,
amenazar y matar son verbos que se conjugan día a día,
pero en su afán de contar una historia efectista, el guionista
Vallejo y el director Schroeder pecan por exceso, pues no creemos que
sea tan fácil atestiguar -en seguidilla- todas las variantes
de crimen imaginables en un tiempo tan breve: no sería posible
para nadie vivir aquí. No pretendemos negar lo
evidente, pero no compartimos el modo tan desmesurado en que fue presentado.
De todas formas es una licencia dramática lícita que no
es posible censurar: esto no es un documental. Recordémoslo.
La fotografía de Rodrigo Lalinde da un brillo costumbrista a
una historia episódica que es básicamente una sucesión
lineal y algo aburrida de actos violentos en los que el impávido
Vallejo es un testigo aparentemente inmune a lo que ve, como si nada
pudiera afectarlo. Pero no hay tal: el dolor de la muerte también
lo toca y lo conmueve a su manera. Le duele su vida cansada, la juventud
malgastada de Alexis y Wilmar, la pobreza de sus prójimos, la
indiferencia oficial, su ciudad malherida. Y su reacción ante
lo que ve es rabiosa y amarga. Con su actitud quiere que nos movamos,
que reflexionemos ante la barbarie que ya aceptamos como algo normal.
Es un muerto más, otro carro robado, a mi no me importa...
Por eso lo más aterrador de La virgen de los sicarios no es lo
que vemos, sino la risa que tales actos generan en el espectador de
cine. ¿De que nos estamos riendo? ¿No es acaso esa nuestra
realidad, nuestra propia angustia? Esa risa indiferente pesa en el alma
y se queda ahí, incomoda y temible, asustándonos por la
falta de solidaridad y amor que la ha engendrado. Vivimos aquí.
¿No será hora de hacer algo?
EL
COLOMBIANO/ Juan Carlos González A.
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