La
virgen de los sicarios
Medellín duro y crítico
Tras una ausencia de 30 años, el escritor Fernando Vallejo regresa
a Medellín, y encuentra terror, bandas de delincuentes y nada
de lo que había dejado tres décadas atrás.

Foto Diego González |
Fernando
conoce a Alexis y juntos viven la ciudad a su manera. Ambos comparten
la necesidad de resolver sus diferencias con el espacio y el tiempo
que amenazan con separarlos. Salen a caminar la ciudad, a sentirla en
sus pasos y a ver los cambios que en ella se han sucedido.
La sorpresa de Vallejo ante el entorno citadino se confunde con el dolor,
con un sentimiento desgarrador de ver que ya nada es como antes, pero
que no es mejor, sino dolorosamente peor.
El estupor de Fernando se viste con el amor hacia uno de los hijos de
esa nueva ciudad. Alexis es como Medellín. Habla
otro idioma, luce diferente, su vestuario no es el mismo, su escala
de valores es salvaje. Ahí es donde Fernando, el gramático
que camina las calles mientras suelta reflexiones y sátiras a
cualquier asunto que sugiera institucionalidad, empieza a entender la
distancia que le pusieron los años.
Sin pensarlo, solo sintiendo amor y pasión, Vallejo termina metido
en la marginalidad y violencia de esa Medellín que lo alucina
y embriaga.
La Virgen de los sicarios es una cinta que hay que ver por varias razones.
Para reconocer a Medellín. Para entender el asombro y el dolor
de Vallejo y, además, para resolver con ojos propios toda la
polémica que se levantó alrededor de ella, aunque sus
calidades cinematográficas dejen mucho que desear.
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